BIOENERGÉTICA Y TERMOQUÍMICA ALIMENTICIA

 Ideación y experimentación. Necesidad de discurrir por propia reflexión.

El momento histórico en que vivimos, pródigo en concesión de libertad para el pensamiento y la discusión, ha agudizado la curiosidad humana, dotándola de una perspicacia crítica cada vez más hondamente perforante que ha puesto al descubierto los defectos de la contemporánea rectificación científica, revelando la insospechable extensión de lo ignorado, por estar recatadamente disimulada bajo la umbría de la credulidad que al ánimo transfundían los datos llamados objetivos o positivos, obtenidos a favor de las manipulaciones experimentales, y que la inmensa mayoría de los profesionales han venido acatando con la inconsciencia del negligente, a consecuencia de que, prescindiendo de discernir acerca del significado de las ideas ajenas, se han concretado a suponer incluido todo cuanto observaron en lo ya visto por los investigadores, o expresado con más realismo, en lo por éstos expuesto en letras de molde, de conformidad con la mayor o menor adaptación de las teorías a las impresiones sensoriales que ellos recibieron durante la sucesión desenvolvente de los fenómenos sometidos a sus pesquisas. Esta descansada renuncia al examen analista de los datos de observación perceptiva con las exigencias puramente psíquicas de la razón, que es lo que constituye en sí el procedimiento de la actividad mental de la teoría, o sea la explicación científica conque se sintetizan los hechos, lleva a eludir por completo el más rudimentario de los preceptos de la lógica que manda no aceptar, todo cuanto en biología ostenta la rúbrica del laboratorio, sin un detenido estudio escudriñador de las partes de que consta el artificio en que consiste la experimentación, a saber: la preparación del medio exterior, representado por las condiciones inherentes a la instalación del local de trabajo y del instrumental que se ha de manejar ; la selección de los agentes provocadores de los fenómenos producidos ; el individualismo orgánico de los animales en que estos fenómenos se realizan, y, por último, la diferencia en “las aptitudes periciales y en los encariñamientos teóricos de quienes ejecutan las manipulaciones conducentes al resultado propuesto, condiciones todas de creación voluntaria que, simplificando deliberadamente la observación de los hechos, enmiendan la complicación, tan natural como enmarañada, de la gestación hígida de los fenómenos vitales. La necesidad de que cada uno discurra por el esfuerzo personal de su propia reflexión, fué ya recomendada por el más clínico de los clínicos del siglo pasado, el preclaro A. Trousseau, que aconsejaba a sus discípulos diciéndoles: «daos prisa a safaros del yugo del maestro… ; esforzaos en sintetizar por vosotros mismos…; comprobad, por vuestra propia observación, la doctrina que se os haj^a enseñado y reuniendo los hechos de vuestra indagación privada en categorías,.., aprenderéis a ver las relaciones inmediatas y lejanas, que serán una especie de adarajas a las que vendrán a encajarse sucesivamente otros hechos análogos…, y llegaréis, por esta gimnástica intelectual, a dotar a vuestro espíritu de un poder deductivo desconocido para los que servilmente se echan en el surco ahondado por el maestro, más por pereza o por incapacidad que por respeto a quien les abrió las puertas de la ciencia ». Cada cual debe juzgar con relación a las ideas directoras de que se ha provisto por la asiduidad en el estudio y la reiteración de la observación. Digan lo que quieran los empedernidos positivistas, el espíritu del observador es el verdadero reflector lumínico que esclarece y objetiva lo sometido al examen, a cuyo conocimiento se llega sólo por la comparación con lo análogo mnemónicamente retenido en el encéfalo. La ausencia de esta recapacitación supone indolencia, apatía o, en gradó superior, ineptitud para discurrir por propia cuenta, y, por tanto, falta de idoneidad para apreciar por personal criterio, que es la prerrogativa psíquica que másenaltece al hombre. Los espíritus que asisten como espectadores impasibles a las especulaciones doctrinales que conmocionan periódicamente a la ciencia se deben recluir en el género epiceno, y sumarse a los que blasonan de neutrales e imparciales, adjetivos ambos que encubren o una intencionada hipocresía o una indigencia de entendimiento, reveladoras de un estado rudimentario de educación científica. El acopio de los conocimientos propios, consolida la convicción e impele a declarar paladinamente que se opina de esta o de otra manera, porque el razonamiento lógico, en pro o en contra de aquello que impresiona a nuestros sentidos, así lo decreta. ¡Lamentable realidad! «Los hombres pensadores son la excepción… Vivir para el espíritu es una necesidad apenas por nadie sentida… En general, los hombres son estú- pidos… Viven sobre la tierra sin saber lo que son ni adonde van, y sin tener ni siquiera la curiosidad de preguntárselo. Son brutos que comen, beben, gozan, fornican, duermen y se preocupan, sobre todo, de ganar dinero… La vida de la humanidad aparece bien obtusa. El habitante de la tierra estodavía talmente ininteligente y talmente animal, que, hasta la fecha, la fuerza bruta es la que ha fundado el Derecho y la que lo sostiene… La ignorancia universal constituye la ley de la humanidad terrestre…, puesto que por cada cientosesenta mil de las personas que la forman sólo hay una que sea verdaderamente instruida» [C. Flammarion (1)]. Habituado el clínico a las contingencias, los fenómenos intercurrentes, la ambigüedad en el determinismo, la individualidad del terreno sobre que evolucionan las enfermedades,. no puede someterse a la inflexible rigidez de la disciplina matemática de las ciencias llamadas por antonomasia exactas que le prohiba una prudente cautela, una comedida circunspección y un ecuánime discernimiento para utilizar los elementos de apreciación, de juicio, conque ha de entrelazar las variantes que desdibujan más o menos el caso observado, apartándolo del tipo modelo descrito en los tratados de patología. En cualquier observación personal, el hecho concreto es un conjunto de percepciones sensoriales, con el cual la inteligencia deduce sus conclusiones, previo un examen de análisis crítico, mediante el cotejo con los casos o las cosas análogas ya otras veces observadas o ya conocidas por audición o por lectura. En biología, la experimentación no puede dar los opimos frutos que con ella recolecta la física y la química, por motivo de que la materia mineral, siempre inmutable en sus formas y uniforme en su acción, es simple hasta en sus más complejas combinaciones y agranda de tamaño o de volumen por el exclusivo efecto de los agentes -circundantes, mientras que la materia organizada se metamorfosea sin interrupción y, múltiple y cambiante hasta en los elementos de constitución, únicamente se desarrolla y mantiene por la acción conque su dinámica interna modifica la totalidad de cuanto ella adquiere del exterior para asimilarlo y convertirlo en sus propias substancias y energías. La ciencia biológica no se puede recluir en las matemáticas, ni tampoco limitarla a una mera cuestión de investigación experimental, que catalogue los hechos brutos obtenidos por una técnica más o menos apropiada y robustecida con la estadística. La ciencia calificada de positiva, que asegura que todos los problemas que en sí cobija el estudio de los fenómenos bio-fisico-químicos pueden ser aquilatados por los reactivos y los instrumentos de medida que maneja el laboratorio, puesto que «la noción de calidad puede reducirse a la noción de cantidad», constituye un dogma fundado en la escueta apariencia superficial de los fenómenos, al cual no cabe posibilidad de que otorgue su asentimiento ningún espíritu reflexivo que someta tal aseveración a la criba por el tupido tamiz de la lógica y de la filosofía, las que hacen del razonamiento (operación de comparación reglada por los conocimientos ya adquiridos) la más excelsa función de la inteligencia humana para indagar y diferenciar la naturaleza de lo verdadero y de lo falso, trazando, al par, con ello, la pauta a que se ha de ceñir la acción, ulterior misión de todo saber. Ha3r necesidad de repudiar la creencia de que existen un conocimiento científico y un conocimiento filosófico. La filosofía carece de medios para conocer que le sean propios, y la ciencia, amparándose de todos los medios de conocimiento, explora todos los dominios accesibles al intelecto. «El conocimiento que no es científico no es conocimiento, sino ignorancia…, y si fuera menester hacer alguna distinción entre el conocimiento científico y el conocimiento vulgar, se establecería diciendo que el primero sabe que no sabe, y el segundo ignora que él ignora. La ciencia se acompaña de crítica y de duda, el conocimiento vulgar es audazmente dogmático o candorosamente crédulo. Nada es menos científico que la ciega confianza de los ignorantes en lo que es «científicamente conocido» ; el sabio se percata del carácter provisional de sus aserciones» [E. Goblot (1)]. La experimentación, provocación artificial de los hechos, por laboriosa e imponente que aparezca, no es, con respecto al razonamiento, más que un incidente y, como el cálculo matemático, sólo sirve para ayudar al proceso mental.

El razonamiento es la deducción que la inteligencia retira del análisis de los hechos, no el procedimiento por el cual los ha obtenido, y la provocación del fenómeno buscado por los recursos de la técnica no es lo que induce a su ejecución, sino la preexistencia de la hipótesis en el espíritu del experimentador; la idea a que supedita el acomodamiento de sus maniobras. La inteligencia nada puede conocer si nada se le da, y nada puede hacer con lo dado si no intenta modificarlo; ella constituye un instrumento al servicio del hombre que se propone un fin, y así va del hecho recibido, la percepción, al hecho producido, la acción. La trivial y arraigada creencia de que en las ciencias físicoquímico-naturales el hecho se impone por propia autonomía con carácter de prueba irrecusable e inviolable para toda argumentación, ofrece siempre oportunidad, por esa misma universalización, para ser rebatida. Algunos espíritus simplistas abrigan el convencimiento de que el hecho experimental posee la mágica cualidad de descubrir el secreto del mecanismo complejísimo de los fenómenos vitales, pero hay que hacer constar que, desprovisto por sí mismo el hecho de todo significado, exclusivamente alcanza a conquistar su valor por el esfuerzo de la interpretación conque lo descifra la mentalidad de quien lo ha promovido. «Para el fisiólogo, para el químico, como para el físico, el enunciado del resultado de un experimento implica, en general, un acto de fe en todo un conjunto.de teorías».

Colocando al organismo en condiciones por adelantado definidas, que se suponen análogas a las que se consideran en él como habituales, se procede de modo en esencia convencional porque se supedita la técnica a emplear a la idea que ha preparado y ha de conducir la experimentación. A la biología, ciencia sintética cual ninguna otra, no le bastan los conocimientos de la morfología ni de la fisiología; forma y función, ya de los elementos microscópicos, ya de los órganos macroscópicos, son nociones meramente descriptivas, sin trascendencia explicativa, por permanecer ambas en obstinada mudez acerca de las íntimas conexiones que unifican en un todo los diversos constituyentes histológicos y anatómicos del ser viviente, y acerca de la prodigiosa coordinación conque funcionalmente cada uno reacciona sobre los restantes, más el sobresaliente aditamento de las decisivas influencias sobre aquél ejercidas por la profusión en la modalidad de todo cuanto integra al ambiente que lo rodea. La imposibilidad para reproducir con absoluta fidelidad en el laboratorio el detalle de la concatenación de los actos funcionales conque se exterioriza la vida, la imposibilidad de encontrar organismos exactamente comparables, y también la imposibilidad de amañar un circunfusa siempre idéntico a sí mismo, induce a los experimentadores a establecer un patrón y a descartar todo lo que a él no se ajusta, pretextando que la multiplicidad de las observaciones concordantes anula los casos particulares. Semejante expeditivo principio se debe calificar francamente de espúreo, en atención a que cualquier excepción responde ineludible y constantemente a la contingencia de algún inadvertido cambio, de alguna inapreciada modificación, en una o en varias de las condiciones cooperativas a la génesis del fenómeno considerado.

La cuidadosa escogitación de las condiciones más favorables para que se realice el hecho provocado por el dispositivo experimental, constituye una suplantación de lo netamente fisiológico, y así puede llevar hasta el quimérico extravío de imaginar con S. Leduc, por ejemplo, el haber descubierto la misteriosa causalidad de los fenómenos vitales más recónditos, sumergiendo en una disolución de gelatina diversas substancias minerales que, dando lugar al desarrollo de una membrana semipermeable, ocasiona el.que se verifique una abundosa corriente osmósica. Estas substancias se distienden, se ahuecan y adquieren formas arracimadas distintas, de mayor o menor similitud con los conglomerados celulares de los seres vivos. Obtenidas estas remotas analogías con tan extraordinario modus faciendi, que prescinde, con inaudita osadía, hasta del más simple de los organismos conque se las compara, el inferir de ellas que la osmosis desempeña el papel de mayor preponderancia en la iniciación y el proseguimiento de la vida, es conceder, con candorosa transigencia, a tales grotescos remedos, una aproximación de semejanza o de parecido aún más lejana que la muy distanciada que separa el retrato fotográfico de la silueta caricaturesca delineada por el lápiz.

Demostrando suficientemente estas compendiadas anotaciones que no se puede considerar al hecho como el comienzo y el fin de toda ciencia, sino solo como un fundamento necesario para el conocimiento de los fenómenos, hay que aceptar que la interpretación de los mismos es a la vez una manera de concebirlos y un modo de narrarlos, es decir, de traducirlos con la palabra. Si la concepción representa en principio lo cardinal, la narración, a pesar de su inmenso interés práctico desfigura generalmente la concepción, puesto que, incapacitado el entendimiento humano para discurrir y juzgar con elementos diferentes de los que su conciencia se adueña, tiene que revestir al objeto de observación y de estudio con los atributos que le demarquen las impresiones que produzca en los órganos de quien lo percibe, y así enmascara con éstas los que son a aquél inherentes, viéndolo y describiéndolo a través de sus sensaciones, mediante el artificio de la palabra, que se manifiesta como la elaboración por excelencia subjetiva de la intelectualidad del hombre. Adelantándose a los pensadores de la época moderna, el Doctor angélico del siglo xm, Santo Tomás de Aquino, había ya dicho: «Las palabras son los signos de las ideas; las ideas son las expresiones de las cosas; de suerte que las palabras se refieren a las cosas por mediación de las ideas».